Citas.

“Seduce my mind and you can have my body, find my soul and I’m yours forever.” – Anonymous.

“Tu alma está perdida desde tiempos inmemorables, sin embargo si aceptas ser mía por siempre podemos buscarla juntos durante dicho período. Por cierto, la cuestión de “ser mía” era sólo una forma de expresión, seríamos los hijos más libres de la madre tierra, nuestro albedrío sería la savia que corre por las venas del universo mismo, sería nuestra vida recitada en discursos motivacionales previamente a todo levantamiento de independencia posterior a nosotros, nuestras anécdotas resonarían por sobre los balbuceos que los pasados iconos a los que antes se consideraban abanderados de la autodeterminación emitieron, caricaturizándolos como un vil forcejeo en contra de los propios límites de su naturaleza cautiva. Seríamos tú y yo el apeirón máximo de la imaginación humana para destrozar los límites de lo posible, seríamos tú y yo el puente entre la resignación existencial y la ilustración de una fantasía bucólica, seríamos tú y yo la perífrasis de libertad.” – Inverosymous.

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El punto número tres es Dios.

Mi cuerpo cuasi-consciente yacía sobre las azules losas del suelo. Mi única ocupación hasta entonces había sido impregnar de inquietudes dicho suelo al que había estado sudando con los móviles truncos que mis pensamientos devenían desde hacía un par de horas. El nada relajante olor a humedad inundaba mis pulmones mientras mi entreabierta mirada desorbitada persistía con terquedad en algún punto muerto de la pared: llegaría, quizá esta sería la tarde en que lo lograría. En un apuro estudiado y previamente calculado me disputaba bruscamente entre el deseo y el temor a estirar el brazo y así alcanzar mi teléfono, el cual hacía unos segundos había cesado de emitir sonido alguno, lo cual indicaba que alguien había estado intentando comunicarse conmigo, presuntamente serías tú ya que, aún sin estar en tal estado de dejadez y abandono del mundo, era bastante claro y objetivo pensar que pocas personas en mi presente podían encontrarse ínfimamente interesadas por hablar conmigo aparte de ti; sin embargo me consolaba pensar que todo sería una cuestión de logística, dígase que nadie se daba el tiempo para encontrar el conjunto de razones para considerarme una persona interesante o al menos caer en cuenta que tengo una gata obesa, nada puede ser llamado perfecto sin una gata obesa.

Si bien la falta de tacto hacia mí mismo provocó que notase con bastante retraso el hecho de tener la cara llena de hormigas y partículas de polvo, dicho descubrimiento provocó que propiciase algunos manoseos a la superficie de mi rostro logrando así despertar y simultáneamente despejar dichos intrusos y suciedades. Y aún cuando te he dicho muchas veces cómo le das color a mi vida, esta es una buena alegoría de dicha afirmación, ya que tu llamada sólo llegó a quitarme de encima la desdicha de sentirme solo: definitivamente quedas en la cima de mi pirámide de alegrías. Es evidente que tan asustadizo e impotente ser como yo no debe considerarse digno de alegar pertenencia a alguien cuya máxima convicción es la libertad, es por eso que nunca lo he buscado, además de no necesitarlo. Incluso sería certero decir que lo que busco de ti ya lo tengo: ser libres juntos. No es una razón retórica el asegurar que si tú y yo encontrásemos el mismo ideal por los mismo medios sería la forma última de encontrar la paz, ya que si me permites decirlo, estamos hechos. Regalas tus colores por todos los canales, eso es un hecho, tanto por el campo visual como por el auditivo y el olfativo. En otra realidad quizá no hubiese parecido un buen momento para hacerlo aún tras la sospecha de encontrar tu nombre en la pantalla del celular, pero al momento de hacerse realidad dicha sospecha sucedió: una sonrisa surgió ante la belleza de su existir despejando las nubes de mi depresión, dejando abierto un espacio entre las nubes y centellando con el esplendor del suceso, la mácula culminante en el piélago del pernicioso producto. En el lóbrego e ininteligible estado del hoy infinito en el que algún rincón de mi inseguridad me había colocado apareció el color de tu voz: esa pausada voz se precipitaba por mis atentos oídos, empantanándolos de placer con esas vocales alargadas a cada momento y esos paréntesis vacilantes.

Nuestro intercambio verbal telefónico fue confuso y poco comunicativo, gran parte de dicha secuencia fue parte del estado de abstracción que sumaba mi recién despertar y la maravilla bucólica de escuchar tu voz en un día tan gris como aquel. El miedo que me ocasionaba la posibilidad de ser yo quien más quería que un encuentro fuese programado para aquel “hoy” que acontecía me inclinó a insinuar dichas preocupaciones para forzar una negación de tu parte y en definitiva  no fue el movimiento más sensato si se me permite opinar. Nunca me había sentido tan apenado por infravalorarme como cuando te terminé de cuestionar con la frase “¿No tienes ganas de verme?”, pero lo que ha sido escuchado no puede ser desecuchado. Alejas toda preocupación de mi cabeza con el simple hecho de decir “¿Cómo crees?” con el tono más despreocupado que puede ser eyaculado por tus perversos labios, sin importar la circunstancia, me atrevería a presumir. Tienes esa capacidad de alejar mis miedos y eso es para una de las cosas más bonitas que existen, ______.

PD: Juguemos 3 juegos:

1. Agarra todas las palabras subrayadas en el orden con que aparecen para descubrir una frase aleatoria que tal vez sea una verdad absoluta del universo.

2. Agarra todas las mayúsculas de las palabras subrayadas para descubrir la palabra que hace falta en el texto.

3. Sé mía.

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I just want to be happy.

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AA: Amor y Apeirofobia

Cuando pienso en mi fantasía idílica de éxito, cae como plomo en mi cabeza una escena en la cual yo no existo, un panorama donde yo no estoy, en el cual sólo existen mis palabras y estas son consumidas por las hambrientas mentes morbosas de millones de lectores preguntándose cómo sería yo, cómo sería ese hombre que alguna vez, quizá sentado frente a uno de esos primitivos aparatos denominados “computadora” u “ordenador”, ingiriendo un modesto sorbo de su bebida preferida, se iluminó para parir esas inspiradoras palabras.

Cuando pienso en éxito no pienso en dinero, en mujeres ni en una vida lujosa, cuando pienso en triunfo tampoco pienso en viajar o conocer, no pienso en estar con la mujer que amo ni en dar autógrafos o ponencias sobre Higgs o Hesse. Para mí pensar en éxito no es pensar en verme arriba, ni estar en Wikipedia, mucho menos encuentro algún mérito en ser pionero de alguna moda. No. El éxito está en la trascendencia, está en la inmortalidad, en lo eterno.

Para una persona como yo, lo cual probablemente si somos estrictos se resuma a “mí”, lo eterno es algo aturdidor, un monstruo que acosa los rincones más oscuros de mi razón. Sin embargo es así mismo algo insondablemente deseable, la catarsis de mi existencia. Es así como mi opinión sobre la eternidad y el infinito son descritos facundamente bien por mi apeirofobia y al mismo tiempo deseados tan anhelosamente por la más profunda de mis ambiciones.

Y pese a haber descartado como parte de mi visión de éxito al amor, es el amor una de las premisas más fundamentales en la labor de hacer andar a mi herramienta de trabajo para lograr la trascendencia. Es el amor un potente combustible para hacer andar el motor de mi cabeza y ser así capaz de engendrar los términos justos para llegar a ser, para llegar. Encuentro en el romance de un beso la connotación suficiente para escribir una novela, encuentro en cierta mirada las razones justas para describir el inexplicable aforismo de una obsesión, en alguna caricia deposito todas las palabras que reseñarían sagazmente cómo se siente vivir de un capricho y también robo el desastre de un desamor para expresar la desdicha de seguir siendo.

El amor y la apeirofobia parecen anacolutos, sin embargo en mi vida tienen tanta relación como una pareja, como dos palomas en primavera, son papa y cátsup, uña y mugre. No busco el éxito, el éxito es quien deberá encontrarme porque me esconderé en las praderas del amor y pacientemente miraré cada cierto tiempo mi reloj para ver siempre las agujas apuntando hacia “ahora”, esforzándome por ser mejor en esto y en todo lo que pueda acercarme más a ser para ti lo que tú eres para mí: la razón.

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Sloppy makeouts on the cab

Ahí estabas de nuevo, emanando ese aroma que intranquiliza mi vena más sensible. Sólo hacía falta esa pequeña ecuación ecuánime de nuestras disposiciones sincronizadas para adueñarnos de la noche una vez más, empleando los vanos juegos de miradas y coacciones verbales para ello. Una máxima avalada por tu sonrisa. Si quisiera describir tu sonrisa debería empezar por la primera vez que la vi, ya que antes de eso no podía extrañar lo que nunca había visto, pero desde ese momento ya pude empezar a extrañarla cada vez que no estabas.

Ahí estabas otra vez, mirándome cuando creías que no te observaba. Es evidente que ya es tu plan con maña, a plena y perversa consciencia de lo simple que resulta para ti hacerme feliz con dichas nimiedades. Y te funciona. La silueta borrosa de tu rostro apuntando hacia mi perfil suele parecerme adorable, sobre todo desde el momento en que descubrí que si te devolvía el juego mi recompensa sería verte sonreír. Y lo sigue siendo.

Ahí estabas nuevamente, existiendo en una realidad hecha para mí, regalándome tu tiempo y ofreciéndome tus ademanes al sentir que no estabas expresando algo tan bien como querías. Tus manos como siempre, la panacea de mis sentidos cual disfrutable examen, leves al tacto, de mi lengua concubinas, invitante su aroma y considerado el silencio que transmiten. Lo supe desde aquella vez primera, en ellas se encuentra un santuario de extravagante placer. Hoy no lo tuve, pero el mundo sí y yo lo conquistaré por ello.

Ahí estabas por enésima vez, tan innovadora como siempre, estos himnos carecen de estribillo. El reanudar de mi proyecto para ser feliz involucra soltarte una sonrisa y maravillarme con la reconquista que consigues al borrarme la memoria y hacerme creer que es la primera vez que me la regresas. Estar contigo es como escribir, nunca me canso de ello y siempre hay algo qué decir.

Ahí estaba yo, tan incierto como siempre. Mi contemplación al fútil gris de mi reflejo en el cristal más cercano se coló por las rejillas del éxtasis que me causaba tenerte otro día más, vertiendo sus virtudes en el sumidero de nuestra despedida. Encontrarte lejana bajo la opacidad de tus paranoias es un bordado difícil de deshilar para las agujas de mi insignificante desasosiego: enfrentar el hecho de que parecer sólo implica no ser.

Ahí estaba yo esta vez, como todas las demás, estaba y sigo estando, persiguiendo la felicidad, admirando la felicidad, acariciándola, describiéndola, adorándola y recibiéndola a cuentagotas, en una sala oscura y abarrotada de ignorancia, en una concurrida mitad de pretensión, en el calórico paraje de una dormida ciudad o simplemente en un transporte privado. Y aquí estás tú, leyendo estas líneas que pese a su lobreguez sólo buscan describir lo recóndito de mis conmociones.

Ahí estaba yo finalmente, dominado por el estrés y la estupidez, caótico tras el lienzo del tiempo asfixiando mi paciencia. Con una disculpa innecesaria pero hermosa y el apresador sabor de tus dicciones es que me lograste secuestrar. Ahora yo te he secuestro a ti por unos minutos extendiéndote la alfombra rosa hacia el paraíso de mis facundias. ¿Ya te dije lo bien que te sienta ser genial?

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Imperfección

La existencia es por naturaleza imperfecta: la materia, el ser humano, la vida, la razón, las ideas, el tiempo, el espacio, la naturaleza, el acontecer, la devenir, la sociedad, el pensamiento, la historia, este escrito, las mañanas de primavera, las relaciones, tu cuerpo, mi cuerpo, tu mente, mi mente, tú, yo. Ser imperfectos y estar rodeados de imperfección es una característica inevitable de existir en esta realidad.

Dentro de dichas imperfecciones vacilamos el concepto de búsqueda del que dependemos toda la vida, siendo presas del miedo, miedo a ser lo que somos: imperfectos. Encasillándonos a la propuesta de las marcas y el monstruo, comprar pasta dentífrica de menta porque si tienes mal aliento nadie te querrá hablar, no tener acné porque si no la chica no querrá tener sexo contigo; el miedo es el factor favorito del sistema para abusar de nuestra imperfección y dominarnos. Somos entonces seres asustadizos y cautivos de un inconsciente afán de perfección al que nunca llegaremos.

Pese al esdrújulo desenlace caótico de esto, el ser imperfectos nos hace libres, ya que si fuésemos perfectos estaríamos atados a nuestra perfección y no aspiraríamos a nada, no seríamos, no estaríamos. Es en nuestra imperfección que encontramos la infinita neurodiversidad, es en esta pútrida e inevitable naturaleza tosca que nace toda clase de variedad psicológica, deriva el último tractat del pensar, del querer, del saber. Nuestra hambre de sentido, el máximo et al de la existencia misma: ser imperfectos es parte de lo que somos.

No es que debamos aprender a ser imperfectos, es parte de nuestra realidad, o más bien, somos parte de la imperfección de esta realidad. Se ha llegado a acordar que existencialmente el ser humano tiene como último fin el encontrarse, el trayecto de dicho encuentro se discute cordialmente con el nombre de vida. A lo largo de la vida acariciamos el poroso terreno de la imperfección, tanteamos sus confines para encajar cada sentido con su razón, conocemos otros imperfectos entes, nos damos a conocer, nos entregamos, recibimos, aceptamos, rechazamos, proponemos, escuchamos, razonamos, nos dejamos, nos enamoramos e incluso nos limpiamos las manos de las sucias aguas de la envidia y el dolor. Buscamos, sobre todo, esa aceptación, huir del miedo que nos hereda el mundo y como máxima medicina solemos buscar no estar solos, sentirnos parte de alguien más, ser su imperfección.

Y por eso digo que dentro de todas las imperfecciones que me rodean y me divierten, eres la más preciosa, sea en una hamaca o en un paradero de autobús.

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Veintiuno y veintitrés

Era temprano y la sinfonía de las hojas de los árboles arrullaba mis pensamientos. Dominado por la melomanía y buscando algún crujir de ramas que se asemejase al verso de una canción: pretendía no levantarme. Estar en la habitación de mi primo al despertar siempre ha sido un discurso dialéctico dirigido a mis sentidos, con la paradoja del enfriado clima enfrentado a los rayos del sol que atraviesan la ventana, ruborizando mi cuerpo con sus pestes calurosas.

El proceso de integración a la realidad fue como de costumbre un duelo: los miles de soldados de mi postergación involuntaria codiciando la prolongación de mis sueños, enfrentándose a la minoría de los atrincherados rebeldes quienes pretendían el fruto prohibido del desvelo. Sin embargo, los refuerzos del ejército del hambre fueron acorralando a los feroces abanderados de Morfeo. Me levanté, después de todo era el último día que ella estaría cerca de mí, nos viésemos o no.

Es curioso aclarar que en casa de mi primo se desayuna en la habitación de sus padres, en la cual imposible resulta no fijarse en la cama King-size que ocupa el 50% del espacio, lo cual suele contribuir a mi desmesurada pereza. En este caso particular fui lo suficientemente cauteloso para no cabalgar sobre el placer del colchón. Me puse a pensar en ella para ir despertando, extrañarla es una labor acaparadora.

Ingerir alimentos catalogados como “sanos” es una consecuencia de la imposición de refuerzo que nos victimiza al estar en esa casa, ya que mi primo está a dieta. Y aun así, lejos de molestarme se me antoja como una experiencia purificadora que me desprende de la contaminación gustativa. El delirio del inicio del día, con los cuerpos tambaleantes frente a la mesa luchando por coordinarse para manejar los cubiertos, la danza del famélico que escapa de las garras de la narcosis.

Regresando a la habitación ya con los párpados menos pesados comenzamos a planear nuestra ida al cine: recurso potencial para huir de la insufrible monotonía de la vida de empleadomen a la que hemos estado entrando desde que somos adultos y cobardes. Patéticos.

Luego de decidir la ruta y el destino de nuestras vidas viviendo en un establo Irlandés narco traficando hongos alucinógenos y vendiendo colegialas secuestradas con potencial de porn stars de zoofilia con caballos del día, comenzamos a alistarnos para salir. Sin embargo justo en ese momento el deber me llamó: señal. La connotación de escuchar el breve primer segundo del timbre de mi teléfono móvil tiene la capacidad de ponerme tonto y hacerme pensar en lo arbitrario que resultan mis intentos de describir lo maravillosa que me parece la vida al escuchar su voz.

La psicodelia de saber de ella no me la podría haber quitado ni el mismísimo Carl Sagan entrando por el portal de la habitación e invitándome a abordar su Voyager para recorrer los más recónditos confines del cosmos. No pensaba que eso fuese a ocurrir hoy, y no me refiero a la visita de Sagan, la cual sigo esperando con ansias. Con las manos torpes y temblorosas, la mirada de mi primo clavada en el letrero de neón con la locución “I’m stupid” flotando arriba de mi cabeza y aclarándome la garganta con la posibilidad de que mi voz pudiese sonar ligeramente más encantadora, le llamé de vuelta.

Difícil era imaginar una situación tal que me llevase a verla, yo tenía planes con mi primo y no soy esa clase de persona que dice “fuck this shit” con los que realmente le importan. Dicha realidad me hacía un tanto infeliz, puesto que, pese a que estuviese hablando con ella por teléfono, no íbamos a vernos hasta que regresase de su viaje.

Sin embargo, el panorama de eventos fue tornándose más rosa conforme nuestro intercambio tele-verbal avanzaba. Me contaba sobre que tendría que ir a comprar unas cosas a la plaza y tras ello dijo las palabras mágicas: “¿Quieres venir conmigo?” Of coursitty pinkitty wackitty yes! Para mi fortuna el destino de mi primo y mío era también una plaza, así que los planes podían ser sincronizados. Así quedamos en vernos con la condición de que mi primo no fuese excluido. Y pese que al comienzo pensara que algo pudo haberle incomodado de esto último, posteriormente se esfumaron tales sospechas.

Al salir de casa y tras una caminata de seis cuadras, abordamos unos de los dos autobuses que en total tendríamos que utilizar para llegar al destino. Al descender de este volví a llamarle para avisarle que estábamos por abordar el segundo. Aún por teléfono la cotidianeidad de sus muletillas verbales y la manera en que alarga las vocales cuando está maquilando su siguiente frase llenan mi rostro de cosquilleos… o al menos es la única explicación que le encuentro al hecho que cuando escucho su voz sonrío.

El segundo autobús lo esperamos mi primo y yo enfrente de lo que al hablar con ella denomino nuestro súper. Quedamos en vernos en donde siempre. Para quien viva aquí, conozca las rutas del transporte urbano, sepa cuál es “nuestro súper”  y sea consciente que nos dirigíamos a Gran Plaza, entenderá que las rutas que pueden llevarnos ahí cruzan por toda la calle 60, incrementando las posibilidades de verla en el camino. Debido a esto, estuve al acecho todo el trayecto con la esperanza de ver su radiante estela azulada abordando el autobús en el que nos encontrábamos. Y aunque esto no sucedió, mi mente es lo suficientemente creativa como para fantasear aún esa situación, reflejando el sentimiento puro de la primera vez que nos tomamos la mano. Veintiuno.

Al llegar mi primo y yo, para ganar tiempo nos dirigíamos al súper como parte de nuestro afán por no oler mal y posteriormente poder ir al centro de atención de Telcel para concretar intenciones técnicas con el servicio de telefonía suyo. Encontrábamonos derritiendo los témpanos de la multitud sabática en los senderos de la plaza cuando una vibración en mi pierna me apuró a desenfundar mi teléfono en búsqueda de que el número de ella protagonizase mi pantalla en llamadas perdidas. ¡Bingo!

De nuevo encontré sus cantos dispersándose por mi cabeza al ritmo de sus términos. Esta vez para ser informado de su potencial retraso por estar rencontrándose en una pradera florada con la tapa de su cámara mientras sonaba de fondo So Happy Together de The Turtles. Tras tal noticia continuamos nuestra navegación hacia el súper.

Los aconteceres de ir por un desodorante con mi primo fueron minimalistas, debido a que como buenos optimizadores compulsivos decidimos ir al grano: Entrada->Zona de desodorantes->Caja. Y aunque la atmósfera fue endulzada por otra llamada suya en la que confesé estar comprando desodorante e hicimos mención del chocolate, sólo fue una fase más hacia nuestra visita a Telcel. Pagamos, salimos, llegamos al siguiente destino. Al encontrarnos en el mostrador y frente al desamparo de la burocrática fila, sólo quedaba una cosa: pensar.

Y aun cuando platicaba ufano con mi primo en algún tema elegido por azares circunstanciales, el espectáculo de encontrarme con ella sosegaba mi capacidad multitareas. Imaginaba nuestro encuentro aún más épico que el que tendría con la tapa de su cámara, tendría que ser lento y con Southern Girl de Incubus sonando: We’ll behave like animals swing from tree to tree, we can do anything that turns you up and sets you free. Fue durante esas ficciones fantásticas que recibí mi anhelado espectro telefónico que me orientó en dirección a ir por ella a nuestro ya acordado sitio predilecto de la plaza.

Al llegar primero tuve el privilegio de ser yo el que espere. Esperar es un arte que ido perfeccionando desde hace años, pero con ella es toda una nueva liga. Esperarla es sentir cosquilleos en el estómago, no encontrar una postura cómoda ni para mis piernas, ni para mis brazos ni tampoco para mi lengua. El horizonte por donde ella se asoma siempre me hace sentir el palpitar de mis temores superados elevándose por mi garganta, aferrándose a mis poros y dilatando mis nervios, me pone ansioso.

Tuve unos minutos solamente para satirizarme a mi mismo por dentro, haciendo mofa de cómo mi vulnerabilidad con ella parecía un mal chiste dadaísta. Luego sucedió la catarsis, su aparición fantasmal por el umbral séptico que formaban las personas que fueron opacadas por su radiante entrada al escenario. Mi orgasmo olfativo, su corazón deformado en la rodilla y por supuesto, esas terribles ganas de confesarle cuántas ganas tengo de tenerla sólo para mí, pero guárdenme el secreto, queridos lectores.

El devenir de conocernos está acompañado por una creciente dependencia química, cada vez que nos encontramos puedo ser menos insensible a su aroma; ¿Es que acaso no puede oler mal aunque sea una vez? Es claro que el primer rumbo nos llevaría a conseguir los materiales por los que supuestamente fue a la plaza, por supuesto que no iba perder la oportunidad de estudiarla, en el cadalso de su manso dominio.

Entonces el negocio homónimo del apodo que porta el candidato a la gubernatura del Estado por el Partido Acción Nacional (que tiene como plus el apellido de mi inspiración) fue adornado con nuestra carismática presencia. Dejé que ella buscase lo que necesitara mientras yo observaba de reojo cada siniestro detalle que pudiese aportar un grano de particularidad a la imagen mental de su persona que voy formando al conocerla, pactando mi dependencia ante la blonda beldad de su existencia.

En algún particular momento, como servicio extraordinario para ayudarle en su búsqueda de materiales, consulté a mi hermana por teléfono, lo cual fue un callejón más en el calvario de nuestras posibilidades, ella no tendría sus pinturas ese día. Subestimando mi capacidad multitareas intenté comunicarle a mi primo dónde estaríamos, y digo “intenté” porque el saldo se había acabado.

Confinado al plácido renuncie de hablar únicamente con ella es que transcurrieron los siguientes minutos, ajumándonos con la ambrosía de tenernos. El delatante convivio público al que nos enajenamos por la misma naturaleza de nuestro éxtasis, disfrazó ese tiempo con sus bordados psicoactivos: el ritual de los entregados.

Encontrarnos con mi primo sólo reafirmó tu realidad como datura, la naturalidad con que puedes encajar en mi medio tiene toda la locura de la intoxicación por estramonio, me deja más insensato en la labor de no tenerte más de lo que ya te gozo. El adorno de mi actitud proselitista hacia ti buscaba adornarte de alguna forma más material, superficialidad que nos llevó a tu tienda, en la cual mi ostento por consentirte me inclinó a acercarte más a tu destino de sirena. Mar.

Pese al contradictorio límite de tiempo que presumía tener para estar contigo, comenzamos a prolongar nuestro efímero encuentro, bebiendo algo, planeando otro algo, haciendo otro algo… y así terminamos comiendo Sushi. Fue la primera vez de mi primo y como era de esperarse le gustó.

Nuestra evidente situación fue obviada por mi primo, abochornándonos y ocasionándome un incalculable júbilo. Y aunque después todo regresó a donde ahora pertenece, sea opuesto a mi ideal, la vida no terminó ahí y el verte esfumándote de mi vista no impidió que sigas siendo parte de mis venturosas y caniculares fantasías. Y aunque falte un poco aun, este soy yo felicitándote por tu natalicio, otro regalo más por adelantado, my dear.

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