Sick sad little world

“¿Y ahora?” fue la primera advertencia de mi cerebro al verme varado fuera de la universidad el último día de clases, como en una exitosa sátira del cambio que representaba en mi rutina el renunciar al compromiso social de no dejar las cosas a medias, sin embargo no me había planteado seriamente lo que esto representaba, el final del sendero de preparación, la excusa aparentemente eterna del vago.

La vida es un simple escenario que puede ser adornado con muchos tipos de escenografía, en el cual pueden presentarse toda clase de actos, largos, cortos, gordos, duros, etc. Es en este jodido escenario que se desarrolla hasta la más inadmisible de nuestras peripecias, desde el momento en que nacemos nos sentencian con esa pendeja nalgada que insinúa “bienvenido a esta puta realidad en la que el mundo te coge de las patas y usa tus nalgas como pandereta si no eres lo suficientemente cabrón para ser tú el abusador”, pero la estropeada sociedad nos educa para que vayamos olvidando poco a poco lo laborioso y aburrido que es nuestro puesto en la perversidad del sistema.

Años y años de una falsa educación avalada por la SEP y Santa Claus, aprendiendo el color de calzón con el que se travestía Benito Juárez y la cantidad de porongas que penetraron a Josefa Ortíz para ganar su puesto en algunos libros de historia de México. Nos llenan de sinapsis inútiles, datos irrelevantes e imposibles de aplicar al escenario que nos tocó vivir, nos saturan de falacias y fábulas y además se esmeran por convertirnos en obreros, en incultos, en marionetas. Es un cultivo bastante simple para las minorías con poder, promover valores falsos y dejar que comerciales de refresco embotellado altamente nocivo para la salud nos hagan creer que las cosas no son tan mierda como la evidencia irrefutable lo demuestra.

Nos hacen creer que somos libres dejándonos elegir una religión, un partido político y cuidando muy eficientemente el límite de las opciones que se nos ponen de tal manera que no puedan suponer un peligro para su imperio, como a esas ovejas que les hacen más grande su corral para que piensen que son más libres. Es ahí donde nace la miserable oveja negra que al observar su diversificada apariencia comienza a cuestionarse realmente la realidad, cayendo en una crisis de fundamentos. ¿De qué sirve ser libre en simples elecciones fraudulentas? Creer o no en un hombre barbudo que navega el universo entero y está lo suficientemente interesado en la raza humana como para crear un sistema moral que la ponga al margen y limite sus opciones de placer a un nivel esclavista cuando todo aquel que lo infrinja estará condenado a una eternidad de sufrimiento y humillación irrevocable… ah, pero nos ama infinitamente; votar por Fulano Calderón o Sotano Lopez Obrador cuando al fin y al cabo la jurisprudencia tiene dos manos derechas. Todos son callejones sin salida, laberintos ineptos que nos mantienen ocupados pensando que algún día encontraremos la salida pero mientras damos una vuelta hay un cabrón detrás de nosotros redecorando las paredes para que no nos percatemos que vamos en círculos.

Luego nos vemos un poco más despiertos del letargo caminando por las calles del centro y observando la miserable rutina matinal: la parodia de la urbanidad de una metrópoli, los adolescentes preocupados por su postura de cortejo en el paredero del autobús, los conductores de camiones resignados a una felicidad a medias, las señoras con sus bolsas conformes con su realidad y rol de género, los vagabundos que en algún momento perdieron su lugar en la burocracia, el mar de gente sumergida entre tanta falsedad y tanta mentira, un gato indiferente a la vida en el tejado de una casa moviendo la cola como péndulo y por último un pendejo a medio trance varado en la puerta de su universidad en el último día de clases calculando la fecha ideal para mandar todo a la verga.

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Filed under Universo sintáctico

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